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2013/05/08

LO QUE HACE FALTA PARA ENCENDER UNA VELA
Mikel Antza

Traducido del euskera por Mikel Orbegozo y Rupi, (Albero Marin)

Para Amaiur y Amets

Pasan los años.
La presa no recuerda cuándo vio por última vez a su sobrina. Ni siquiera recuerda dónde la vio. Solo sabe que fue hace mucho, en otra cárcel.
La niña tenía cuatro años cuando tía y sobrina se conocieron en los locutorios de la cárcel. Ahora tiene diez.
En todo este tiempo la niña ha tenido muchos sueños. Y año tras año, sin decir nada a nadie, ha pedido a Olentzero un regalo que no recibirá: que traigan a casa a su tía.
A su tía se le va nublando la memoria. Al principio distinguía sin problemas los días y las semanas, se acordaba de las fechas, incluso recordaba la cantidad de días pasados en huelga de hambre y de los pasados en la celda de aislamiento. Pero hoy en día los días, las semanas, los meses y los años se le están mezclando. Tanto cuando se acuesta cada noche como al levantarse antes del recuento de la mañana siente que la cárcel está a punto de engullirla con sus sucios tentáculos. Avanza por una carretera sin mojones ni líneas que marquen el camino. El paisaje que los primeros años fue abrupto ha terminado allanándose a su alrededor. Ya casi no tiene ni que esforzarse para que un día siga al anterior.
La presa ha visto a su sobrinita antes del llegar al locutorio, mirando a través de la ventanita, tensa, esperando a que ella llegue. La sobrinita ha visto al guardia palpar a su tía, ordenándole vaciar los bolsillos. La tía dedica una sonrisa traviesa a la niña a través del cristal guiñándole un ojo. Cuando su tía ha entrado en el locutorio y tras besarse tiernamente ha sacado del escondite los caramelos, la niña ha entendido el por qué de la sonrisa.
Pasan los años, sí. Más que en las arrugas propias y en el encanecerse del pelo, la presa mide el tiempo en el cambio de los niños. Al cogerla en brazos se ha dado cuenta de cuándo ha crecido la niña. Esta vez no podrá levantarla por los aires como la última vez.
Aprovechando un momento en el que la conversación de los adultos ha amainado, levantando el dedo como en la ikastola, la niña ha pedido permiso para hablar:

–        Izeba, le ha dicho, ¿sabes lo que hace falta para encender una vela?

A cada visita le trae una adivinanza.

Su tía finge reflexionar y le responde:

–        ¡Fuego!

–        ¡No!, se alegra la niña.

Dentro de algunos años, aunque su aspecto haya cambiado, la sobrina se recordará que solía ir a una cárcel lejana a ver a su tía, que pasaba la noche viajando, llegando cansados y que a la entrada del presidio les agobiaban con tantos cacheos y medidas de seguridad. Y recordará las palabras de su tía, que con ese tono tranquilo, alegre, de su voz, era capaz de espantar los miedos y fantasmas que tenía sobre la prisión.
Igualmente, en la vida de la presa, en medio de ese paisaje agobiante de muros cenicientos y cielo gris, las visitas forman un vestido de coloridos remiendos. Cuando tumbada en la cama con los ojos cerrados revive los momentos pasados en el locutorio se reprochará una vez más haber hablado demasiado y haber sacado los temas de siempre: como de costumbre, ha hablado de esas curiosidades y miserias carcelarias tan difíciles de entender para los de fuera. Una vez más no ha saciado su curiosidad sobre lo que pasa en la calle, en el mundo.

–        ¡Venga, dilo!, ha insistido la sobrinita, dándole otra oportunidad para acertar la respuesta a su tía.

–        ¡Me rindo!, se da por vencida su tía.

–        Para encender una vela ¡lo que hace falta es que esté apagada!, la niña le ha dado la respuesta con la alegría que le produce enseñar algo a un adulto.

Todos se han reído.

La tía se ha traído el acertijo de la visita como si fuera un tesoro. Durante el estricto cacheo lo ha tenido en la cabeza y también luego, dibujándole una sonrisa camino de su celda a través del corredor con la bolsa de ropa limpia que le han traído los de casa. Cuando anochezca, en la cita de las ventanas, les contará la adivinanza a sus compañeras; está segura de que no la acertarán.
Para encender algo…¡debe estar apagado!
Pero, ¿qué clase de fuelle debe usarse para avivar el fuego que ya está encendido?, se pregunta de pronto. No se le ha ocurrido ninguna respuesta.
En cambio, se le ha ocurrido la adivinanza que le contará a su sobrinita en la próxima visita, que nos sabe ni cuándo ni dónde será.
¿Qué hace falta para salir de la cárcel?
Da casi por seguro que adivinará la respuesta.
Ha abierto la bolsa de la ropa y la nariz se le ha inundado de aromas que han hecho desaparecer el olor a cerrado que desprenden las paredes. Ha cerrado los ojos. Se ha imaginado las sábanas tendidas al aire libre, bailando al sol; guardarán todavía entre sus pliegues la caricia de la brisa que llega del mar. Se ha llevado a la cara el suave jersey de lana y de repente le ha parecido oír ovejas, aunque sabe que es imposible ha abierto los ojos, en las paredes se la han aparecido verdes praderas, mariposas, margaritas y aves y animales de nombres desconocidos. Sabe que es imposible, pero le agrada sumergirse en la magia de esa última caricia de los de casa, es un pequeño ritual, su secreto, su puerta oculta al mundo de los sueños, para recordar que ahí fuera aún hay vida, es una de las muletas que usa para no caer en la desesperación.
Con mucho cuidado y una a una ha doblado las ropas que los guardias han cacheado y revuelto con sus guantes de látex. Como siempre, empezará agrupándolas sobre la cama, clasificándolas, para luego colocarlas en las estanterías.
Una de esas veces en las que ha metido la mano en la bolsa se le ha quedado congelada. ¿Qué es lo que acaba de tocar entre la ropa?
Se ha asustado. Es algo duro y frío. Su cabeza ha necesitado un instante para relacionar lo que acaba de palpar con las enigmáticas risitas de su sobrinita mientras le contaba la adivinanza.
¡Una vela! ¡Eso sí que es magia! ¿Cómo han dejado pasar una vela entre la ropa?
Pero no está soñando. Lo que ha sacado del interior de la bolsa de la ropa es una vela. Una de esas que desprenden un dulce perfume cuando las enciendes.
¿Qué hace falta para encender una vela? ¡Qué traviesa!
¡Que esté apagada!
Visualiza a su sobrinita, su dulce sonrisa cuando le diga que la vela ha llegado hasta su celda, cuando le diga que ella sí es una gran maga.
Debe estar apagada, sí, la vela que ha de ser encendida.
Pero para encender una vela también hace falta fuego. Y como ella dejó de fumar hace mucho tiempo, en la celda no tiene ni mechero ni una triste cerilla.
Deberá pedírselo a sus compañeras, para que se lo hagan llegar de ventana a ventana.
Entonces la presa, agarrando el barrote con una mano y sacando la vela fuera con la otra para que las compañeras de las celdas de al lado la vean mediante sus espejos, les pedirá gritando:

¡Eh, compañeras!, ¿quién me da fuego para encender esta vela?

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